Aéreas palabras se perdían, insultos
inútiles, verdades evidentes y observaciones de rechazo, mientras
Dam Luvsky marchaba a casa. Se sentía tan muerto en aquel pupitre...
tan solo ahora caminando junto a aquella catedral de piedra gris...
Vacíos ojos lo observaban desde ninguna parte. El viento horizontal,
a ras de suelo, recordaba el deseo... Dam quería volar.
Quería saltar, agarrándose a las
cornisas,
Flotando más alto,
lejos de aquellos ángeles desalados
que decían ser sus hermanos.
Todo fantasía,
todo mentira.
No quedaba en la ciudad flor ninguna,
más que el aceite de motor en los
charcos,
No quedaba ilusión alguna,
más que en la mente de aquel niñato.
¿Por qué pelear así contra la
realidad?
¿Merecía la pena no tener amigos,
morir vivo?
¿Y que hay del tiempo perdido?
Nada asfixiaba más a Dam que pensar en
la soledad.
No quedaban amigos para el en ningún
lugar,
solo burlas en las clases y paseos
fríos al acabar.
Lo había visto escrito en algún
libro...
memento mori, y su destino.
Esa sensación cruel,
cuando hasta las nubes pesaban sobre
el,
oprimiendo su cuerpo,
aplastándolo contra el suelo.
Trozos de su imaginación revoloteaban
con translucidez nublada,
sin protegerlo ya de nada,
ni del frío
ni los gritos
de tortura
de locura.
La puerta roja del hogar
chirriante lo dejó pasar,
añoró de nuevo volar,
al mirar
la escalera sin final
trepadora vertebral.
Inanimado tumbado
en la cama, en su cuarto
lagrimas de llanto
le cerraron los ojos con cariño
olvidando por un rato
el dolor de estar vivo.
Dam despertó a la hora de cenar,
con la boca seca y el aliento podrido.
En aquella casa hacía siempre frío
la calefacción había dejado de
calentar.
En la mesa lo esperaban
su madre, su padre y su hermana.
Aquella comida se resistía a ser
tragada,
despreciaba su interior, y el silencio
que en el aire pesaba
mientras su padre se balanceaba ebrio
El gran hombre violento
se levantó fuerte aun viejo,
y agarrando a Dam por la nuca
lo obligó a llorar sobre su a-
grandada
entrepierna dorada.
Las mujeres vomitaron asustadas
corriendo para no ver su suerte.
Aquella noche, Dam cenó dos veces.
Y mirando hacia atrás
gritó Dam a su papá
con dolor
sintiendo que se partía en dos,
que quería más,
el quería volar.
Quería llegar más alto
ser único, ser adorado,
y su padre, lo escuchó:
“Hijo mío, eso te lo puedo dar yo”
Tomó un tenedor y un cuchillo
y los hundió en la espalda de su hijo,
con un golpe en la cabeza
lo durmió sobre la mesa.
Paralizado su cuerpo
se mantuvo despierto
su seco cerebro
y sus ojos vieron
como en los agujeros de su espalda
unas alas eran implantadas.
Era tan grande su felicidad...
¡Por fin podría volar!
Aunque cubierto ahora de un liquido
blanco
su cuerpo era ahora bellamente raro,
un niño desnudo y delgado
como un insecto alado.
En la mañana del balcón
a la calle saltó
y con un zumbido
se deslizó por el aire tranquilo
sin temer ningún dolor
cuando al suelo planeó.
Aquel día
tan solo vestía
pantalones, descamisado
espalda desnuda, mostrando
las alas de mosca desafiantes
al frío del viento cortante.
Y cuando al final
llegó al colegio
los niños, en silencio,
con asombro, lo miraban.
Y de pronto
empezaron las risas y las burlas
más agudas que nunca
los niñatos se cebaron con aquel
tonto.
Se acercó a Mary Bomen
su inocente amor desde los diez.
Su mirada de desprecio,
ante aquel horror tan violento
Partió a Dam en dos
como una segunda violación.
Llorando, desesperado
solo y atormentado
huyó lejos del colegio, trastornado,
sin comprender que había pasado. No importaba que pudiera volar, si
era feo, nada podría ganar. Deseaba con todas sus fuerzas ser
cualquier otro, no deseaba más aquel cuerpo. Voló al cielo, alto,
muy alto, sobre la catedral gris. Y entre las nubes, se arrancó las
alas de la espalda, desgarrando piel y nervio... lloró cantando
mientras caía del cielo abajo, hasta que, con un golpe seco quedó
clavado en un pináculo.