Triunfaron los besos de droga blanca,
mientras estéticos suspiros escapaban de la prisión de aquel abrazo
de nuestros cuerpos enredados. Estás improvisando sinfonías de
película en mi columna vertebral, la tocas como un piano. Notas
lechosas que en cascada se estrellan contra el ajedrezado, en charcos
congelados, razas minerales, en ondas fotográficas. Si el tiempo no
se puede parar, hagamos que el movimiento sea lento para disfrutarlo
más.
En el pecho negro el corazón se
retuerce... parece que habrá soledad mientras nos separen las
costillas. Y no puedo... no puedo pedir que te quites las tuyas... no
que desaparezcan esos huesos... no que te desnudes de tu cuerpo para
mi. No puedo pedirte eso... no puedo pedir más, nada más, y sin
embargo, pediré un beso. Porque pedir es perder... y deseo perder
mis labios en tu boca. Porque tengo sed, y se están agrietando. Me
sangran los labios de esta soledad.
Todo menos tú merece ser invisible...
yo mismo debería serlo. Mis parpados deberían ser cristal, pues ni
cuando cierro los ojos desearía dejarte de ver... y cuando me
cansara de estar despierto a tu lado, los rompería, y con los ojos
astillados, para siempre dormiría.
Celebro la ceguera en mi cuarto oscuro,
entre mis libros, mis papeles extrañados y mis palabras automáticas,
maquinal bulimia de poemas digeridos y regurgitados. Mi poesía no
huele a viejo, huele a vómito.
¡Maestro! ¿Donde encontraste tus
musas? Compones palabras que despiertan lo inesperado... sentimientos
inesperados en una poesía accidental.
Es fresca sin ser gélida... así me
gustaría ser.
Titulados días míos,
así despierto sin descansar
en una cama que fue mía
nuestra
en cualquier vida,
sexo restringido a flor de piel,
del suelo al triunfo
voz y orgullo
no hay salida,
se tu mismo:
no seas nadie.