lunes, 10 de febrero de 2014

Al triunfo

Triunfaron los besos de droga blanca, mientras estéticos suspiros escapaban de la prisión de aquel abrazo de nuestros cuerpos enredados. Estás improvisando sinfonías de película en mi columna vertebral, la tocas como un piano. Notas lechosas que en cascada se estrellan contra el ajedrezado, en charcos congelados, razas minerales, en ondas fotográficas. Si el tiempo no se puede parar, hagamos que el movimiento sea lento para disfrutarlo más.

En el pecho negro el corazón se retuerce... parece que habrá soledad mientras nos separen las costillas. Y no puedo... no puedo pedir que te quites las tuyas... no que desaparezcan esos huesos... no que te desnudes de tu cuerpo para mi. No puedo pedirte eso... no puedo pedir más, nada más, y sin embargo, pediré un beso. Porque pedir es perder... y deseo perder mis labios en tu boca. Porque tengo sed, y se están agrietando. Me sangran los labios de esta soledad.

Todo menos tú merece ser invisible... yo mismo debería serlo. Mis parpados deberían ser cristal, pues ni cuando cierro los ojos desearía dejarte de ver... y cuando me cansara de estar despierto a tu lado, los rompería, y con los ojos astillados, para siempre dormiría.

Celebro la ceguera en mi cuarto oscuro, entre mis libros, mis papeles extrañados y mis palabras automáticas, maquinal bulimia de poemas digeridos y regurgitados. Mi poesía no huele a viejo, huele a vómito.

¡Maestro! ¿Donde encontraste tus musas? Compones palabras que despiertan lo inesperado... sentimientos inesperados en una poesía accidental.

Es fresca sin ser gélida... así me gustaría ser.

Titulados días míos,
así despierto sin descansar
en una cama que fue mía

nuestra

en cualquier vida,
sexo restringido a flor de piel,
del suelo al triunfo
voz y orgullo
no hay salida,
se tu mismo:

no seas nadie.