jueves, 23 de enero de 2014

La muerte del profeta

Sentado en la roca, el profeta se desangraba con terrible violencia. No había nadie, solo el polvo de aquel desierto escucharía sus últimos divinos estertores. Estaba abandonado, olvidado. La ciudad se había cerrado, como una flor de invierno, había brotado hacia dentro, plegando sus pétalos y enterrándose en los profundo de la tierra, al calor del fuego del infierno. El infierno en el infierno, y el estaba lejos. Inútil ante la voluntad, el enviado de Dios moría lejos de su destino. Ritual de Voz hizo frente a la piedra, y pronuncio el nombre de su asesino... Wels.

Un hombre rompió el cadáver seco de aquel viejo de una patada, y los trozos se deshicieron en polvo en el aire.

Tristan Wels se ocultaba en un burdel, ciudad abajo. Hacia tiempo que no veía la luz del sol. Paseaba solo de noche, lejos de los malos olores. Calma alrededor. Silencio nocturno. El río guardaría en sus lodos la espada que su victima le había regalado. Lo había hundido con placer en el cuerpo de aquél servidor celestial.

Retrocedió a su nuevo hogar... rezando por que ningún cliente lo esperará. Pero cuando llegó, su cuarto estaba iluminado. Se dejó desnudar una vez más. Y cuando aquel hombre lo había postrado a gatas en la cama, sintió de pronto un puñetazo en la espalda. Trato de defenderse, pero estaba apresado.

Lloró con amargura. En la cárcel, un viejo, cada noche, lo violaba. Besaba las piedras del suelo, tratando de recordar unos labios, una lengua que en una boca que se había cerrado. Le rompieron los dedos, los pies... y la oscuridad empobreció sus ojos.

Lo liberaron, pero no pudo el liberarse.

Lo soltaron desnudo, como había estado durante cinco años, pudriéndose en el frío averno.

Cuando volvió a la luz, ocultaba sus ojos bajo una capucha. Temía el sol.

Se encontraba en un lugar que apestaba a bebida cuando Menéfides lo encontró. Su vida había sido destrozada... por las mentiras y por la cruel Mentira había perdido todo. Y la muerte del profeta no podía ser olvidada... pero si recompensada.

Le concedió alas en compensación por la angelical belleza perdida. Y le devolvió aquel arma legendaria, aún manchada por los barros del río al que había sido encomendada su custodia.

Y el Libro de las Promesas... el lo custodiaría, en su lenta muerte, pagina a pagina... Hasta que la última promesa de Dios hubiera muerto. Linea a linea, con la espada lo hendiría...


Tristan subió a los tejados, sin promesas, liberado... y se perdió entre los cables, las antenas y el humo de aquella ciudad muerta.

Relativo a Gustav.