Sentado en la roca, el profeta se
desangraba con terrible violencia. No había nadie, solo el polvo de
aquel desierto escucharía sus últimos divinos estertores. Estaba
abandonado, olvidado. La ciudad se había cerrado, como una flor de
invierno, había brotado hacia dentro, plegando sus pétalos y
enterrándose en los profundo de la tierra, al calor del fuego del
infierno. El infierno en el infierno, y el estaba lejos. Inútil ante
la voluntad, el enviado de Dios moría lejos de su destino. Ritual de
Voz hizo frente a la piedra, y pronuncio el nombre de su asesino...
Wels.
Un hombre rompió el cadáver seco de
aquel viejo de una patada, y los trozos se deshicieron en polvo en el
aire.
Tristan Wels se ocultaba en un burdel,
ciudad abajo. Hacia tiempo que no veía la luz del sol. Paseaba solo
de noche, lejos de los malos olores. Calma alrededor. Silencio
nocturno. El río guardaría en sus lodos la espada que su victima le
había regalado. Lo había hundido con placer en el cuerpo de aquél
servidor celestial.
Retrocedió a su nuevo hogar... rezando
por que ningún cliente lo esperará. Pero cuando llegó, su cuarto
estaba iluminado. Se dejó desnudar una vez más. Y cuando aquel
hombre lo había postrado a gatas en la cama, sintió de pronto un
puñetazo en la espalda. Trato de defenderse, pero estaba apresado.
Lloró con amargura. En la cárcel, un
viejo, cada noche, lo violaba. Besaba las piedras del suelo, tratando
de recordar unos labios, una lengua que en una boca que se había
cerrado. Le rompieron los dedos, los pies... y la oscuridad
empobreció sus ojos.
Lo liberaron, pero no pudo el
liberarse.
Lo soltaron desnudo, como había estado
durante cinco años, pudriéndose en el frío averno.
Cuando volvió a la luz, ocultaba sus
ojos bajo una capucha. Temía el sol.
Se encontraba en un lugar que apestaba
a bebida cuando Menéfides lo encontró. Su vida había sido
destrozada... por las mentiras y por la cruel Mentira había perdido
todo. Y la muerte del profeta no podía ser olvidada... pero si
recompensada.
Le concedió alas en compensación por
la angelical belleza perdida. Y le devolvió aquel arma legendaria,
aún manchada por los barros del río al que había sido encomendada
su custodia.
Y el Libro de las Promesas... el lo
custodiaría, en su lenta muerte, pagina a pagina... Hasta que la
última promesa de Dios hubiera muerto. Linea a linea, con la espada
lo hendiría...
Tristan subió a los tejados, sin
promesas, liberado... y se perdió entre los cables, las antenas y el
humo de aquella ciudad muerta.
Relativo a Gustav.
Relativo a Gustav.